La sorprendente muerte

30.09.2018

La sorprendente muerte

Sebastiano Monada

¿Por qué la muerte nos sorprende?

Nos deja desarmados ante su acontecimiento

repentino y desolado.


Cuando nos expone tan vulnerables y exhibidos

la muerte parece una improvisación de la nada,

atacando los grandes esfuerzos de dar sentido

a la existencia desolada

al estar navegando en la ausencia,

al no estar detenido en el consumado

momento fijado en la memoria.


Somos vulnerables,

hilos endebles de telaraña

atrapando pedazos de formas

diseminadas en el espacio-tiempo

mientras atraviesan los vientos de ondas

las aberturas que deja el tejido

sutilmente espaciado.


La muerte es una paradoja,

es parte de la vida

no la culminación de la potencia creativa

sino momento de ciclos incesantes

y repetidos

de la reproducción constante,

invenciones variadas y proliferantes.


La muerte aparece como clausura

de una historia de vida,

cuerpo singular e irradiante,

crepúsculo del día que tuvo su alborada

su mañana, su medio día y su tarde.


Fin de un nombre apreciado,

querido por los suyos

y entrañables amigos,

amado por la esposa y los hijos.


Es el comienzo de la memoria,

el camino de la recuperación del tiempo perdido.


La muerte deja un hueco irremediable

en el diario vivir,

acostumbrado a repetir

el constante cronograma de la rutina cotidiana

de los fines de semana

de los meses recorriendo la esférica morada

y de los años dando la vuelta la rueda

del carruaje que nos traslada al horizonte

de la interminable espera.


La ausencia no se compensa,

es la presencia de la falta,

herida abierta en el mundo

hermético vacío sin fondo,

abismo insondable de lo desconocido.


Quedan las huellas de los recorridos

hendidos en la piel,

figuras guardadas en los ojos navegantes

fijadas en las láminas virtuales de la memoria.


Son como las señales del retorno al pasado

en un presente abrumado de nostalgias.


No se sabe, no se entiende, la repentina desaparición

del ser amado,

no se acepta que no esté nuevamente con nosotros,

nos rebelamos al destino

como Ulises perdido en los laberintos del océano.


Interpelamos a los dioses, quienes juegan a los dados

en la mesa del azar

cuya madera es la necesidad.


Nos dicen: los humanos no son nada sin los dioses.


Buscamos recuperar el tiempo perdido,

retornar a la añorada Ítaca,

rememoramos las hazañas del desaparecido.


Recordamos su perfil y su gracia,

su amor aposentados en los entornos

construidos por sus pasos firmes y robustos,

sus frases aladas y la pronunciación musical de su voz

y aliento cariñoso.


Ya no está, se ha ido para siempre

dejándonos solos en el páramo,

el mensaje de la brisa que lo traslada

nos dice que sigamos adelante

continuando el sendero abierto por sus sueños,

que prolonguemos el viaje realizado

por su cuerpo experimentado

reanudando la ruta de sus esperanzas.


Volando como aves migratorias,

inventando los ciclos climáticos

en un planeta girando en danza,

seduciendo a las galaxias nómadas

para que retornen nuevamente

al comienzo de todo.