Mi padre

29.09.2018

Mi padre

Sebastiano Monada

Solía mirar con sus ojos de valle en primavera,

sonreír como brisa de alborada

con el rostro placentero donde se dibujan

huellas sabias de antiguos tiempos

inscritos en rocas pulidas por vientos,

barcos viajeros en océanos impetuosos.


Solía hablar pausadamente domesticando al aire

divagante,

pronunciar las palabras como olas constantes,

decir frases claras como manantiales brotados

en las cumbres de la cordillera ondulante

al caer la tarde.


Despedida de pétalos de rosas

desprendidas como mariposas

meditando sus vuelos liberados.


Solía recordar a sus padres con afecto entrañable

recordando en su ausencia

la fragancia del paraíso perdido.


Volvía a la niñez,

a la inocencia de los comienzos

cuando se cuida a la madre

y al ausente padre.


Solía compartir con los amigos, afable

pues importaba el momento del encuentro

amistoso y entrañable.


Solía decir sentencioso

nadie muere en la víspera.


Murió en la víspera

cuando todavía no le tocaba.


El destino le jugó una adelantada

sorprendiendolo en una emboscada

improvisada por el azar

jugando en la mesa de la necesidad.


Solía querer más que nadie la charla

acompañando con café tinto

la conversación meditada,

tejedora de narrativas rememoradas,

cuadros de árboles frondosos del valle,

sabor a choclo jugoso y dulce

como el néctar que roban las abejas

de las flores seductoras.


Se fue sin decirnos nada,

ya lo había dicho antes

en toda su intensa historia afectiva

en toda su construcción arquitectónica de la familia

en todos sus pasos previsores y sabios.


Ya no tenía que hablar

sino sorprendernos con su abrupta desaparición

para enseñarnos lo vulnerables que somos,

lo expuestos que estamos

a los juegos aleatorios del drama

cotidiano

y de la tragedia del siglo crepuscular.


Ahora que no está

llenaremos el vacío sin fondo

con inscripciones de la memoria,

archivo y registro de experiencias inolvidables.


Por eso volverá

en nuestros recuerdos y nostalgias

en nuestra manera de quererlo

en las enseñanzas que nos dejó.


Sabremos entonces que nadie muere

sino que persiste en nosotros

cuando seguimos sus pasos

cuando escuchamos su voz

cuando intentamos repetir sus gestos

en nuestros actos.


Mi padre es ese canto a la alegría,

esa sinfonía de Ludwig Van Beethoven,

mensaje de esperanza en la humanidad,

confianza en su razón y estética

a pesar de sus desavenencias

e intermitentes violencias.


Confianza en el porvenir

Construido con ladrillos de afectos

Y emociones.


Todos hemos tenido un padre o lo tenemos;

no solamente es único

sino nuestro puente con el pasado,

vinculo denso con el presente,

posibilidad proyectada al futuro.


Fundamento en el caminar en el laberinto

de la soledad que oculta multitudes

solidarias y acompañantes.


Cuando perdemos un padre

perdemos el zócalo donde nos edificamos,

el padre ya no está pero el zócalo sigue todavía.


Es cuando descubrimos que el padre sembró el zócalo

para que cosechemos virtudes,

el padre vuelve con el viento

aunque el molino haya desaparecido.